Cada empresa privada tiene su propia filosofía, su propia cultura que intenta transmitir a sus trabajadores aunque en numerosas ocasiones, debido a la falta de comunicación, éstos acaban por trabajar a diario sin tener idea de la misma. Cuando los empleados se marchan porque no aguantan más en un puesto de trabajo o son despedidos, transcurre un primer período de tiempo en que las dudas, la confusión sigue haciéndose eco en sus cabezas como buscando una respuesta a unas preguntas que tal vez nunca quisieron formular a la dirección o a sus jefes más directos, bien por ideas prejuiciosas, por pereza, por resignación y, en algunos casos, por estupidez. Otros empleados dejan la empresa porque han encontrado algo que se adapta más a sus posibilidades o necesidades, algo que consideran mejor o diferente para ellos. Cuando digo que existen empleados que, tras haber trabajado en la empresa o, formando aún parte de la misma, tal vez no formulen esas preguntas que les rondan por la cabeza debido a la estupidez, me refiero a aquellos empleados que se pasan la jornada laboral amargados, apoltronados en su idea negativa y confusa de que la empresa les está martirizando, explotando o utilizando, buscando en factores externos, y reitero lo de “externos”, ese “¿por qué?”, incluso intentando meter estas ideas a los demás como si de un héroe que quiere salvar a sus compañeros de las garras de la empresa privada se tratase. Está claro que cuando entramos a trabajar en una compañía privada nos topamos con políticas, filosofías con las que no nos identificamos, incluso pareciéndonos muchas veces injusto el hecho de cobrar un sueldo que no se iguala con las responsabilidades que tenemos en el puesto en cuestión. Sin embargo, siempre me ha parecido más útil, en todos los sentidos, tratar de comunicar este descontento directamente con quien se crea que se debe hacer, en lugar de ir deambulando por la empresa con cara de besugo y entorpeciendo el desempeño de los demás. Y si a caso el empleado no desea comentar a nadie su opinión, una alternativa mejor que la de ir de víctima es la de ponerse manos a la obra para aprender cosas nuevas y no perder ni un día ese espíritu de trabajo y de progreso, porque al final todo esfuerzo y persistencia se ven premiados, si se cree en ello, claro. Porque para lograr algo que se desea se tiene que creer profundamente en ello, y en uno mismo. La puerta de salida es tan grande como uno mismo la quiera mirar. En mi opinión, creo que lo más razonable y conveniente para una persona que desee progresar en el terreno de la empresa privada, es actuar con un equilibrio que no se decline ni por la sumisión ni por el revolucionario parecer de querer cambiar unas reglas de la noche a la mañana, pidiendo a gritos una mejora si el propio empleado es totalmente mejorable. Es contradictorio. Además, poco a poco podemos darnos cuenta de que con insistencia de ese personal base, fundamental e imprescindible para que la empresa vaya adelante, pueden llegar a cambiar ciertas cosas que nos descontenten. Pero es obvio que para conseguirlo es necesario antes ser un trabajador ejemplar. La palabra “disciplina”, que a la vez va de la mano de la responsabilidad y el cuidado, levanta a los radicales, tal vez porque en sus ideas no tiene lugar la organización, el orden, la seriedad en el compromiso y, como consecuencia de esto, el éxito. Incluso en el ámbito personal y familiar de las personas me costaría creer que unos padres son responsables y atentos con sus hijos cuando ves que éstos últimos hacen lo que quieren sin control ni organización alguna, sin un grano de disciplina. Si hay disciplina y, a la vez, amor, es evidente que habrá muchas menos probabilidades de que el hijo se ahogue en la delincuencia, en la desmotivación y el desinterés por todo. Porque no hay éxito sin previa planificación, sin previa organización, sin seriedad ante el compromiso. La falta de disciplina es lo que nos está llevando a un modo de vida en que el pasotismo, la desgana y la falta de principios y valores junto con el deseo de obtener beneficios sin mover un dedo se tolera cada día más y, al final, los que luchan a diario de manera honesta son los que más cuestas han de subir para conseguir aquello que se proponen, tratando de diferenciarse de los demás de la mejor manera posible ya que, gracias a esta global flexibilidad, todos somos metidos en un mismo saco y tratados por igual. Pero por suerte creo que el optimismo, el pensar de una forma positiva y vislumbrar el futuro con entusiasmo, es lo que hace que algunas personas consigan lo que otras no hacen. El futuro no está preescrito por ningún tipo de suerte sino que es el propio hacer de cada uno en su presente lo que va diseñando el futuro. Y aquellos que logren su objetivo de una manera sana serán los que más tiempo permanezcan disfrutando del mismo, sabiendo desenvolverse en la situación, aún cometiendo errores en la toma de decisiones, admitiéndolos y siendo francos con los demás y con uno mismo. Si por alguna razón echo en falta las clases del Master es por el hecho de que fue allí donde encontré personas con las que compartí mis inquietudes, preocupaciones y opiniones de un modo recíproco, personas con ese espíritu de progreso, de superación, con valores tan fundamentales como el respeto y el esfuerzo constante, y la inteligencia emocional para saber estar en cada situación que se presenta, sabiendo guardar la compostura cuando es necesario y ser capaces de absorbes todo lo positivo que hay en los demás y rechazar mentalmente comentarios pesados de lo que llamamos parásitos sociales.