En el mes de Octubre, en un día como el de hoy, tengo horas de sobra para echar mano de la añoranza y permitirme unos momentos recordando aquellos rocambolescos días de adolescencia en que me aturdía la idea de que nada volvería a ser, en un futuro, como era entonces. En ninguna de las tardes en las que, hiciese frío, lloviese o, incluso nevase como en una ocasión, nos reuníamos alrededor de nuestro presente tan confuso, sorprendente a cada instante, imaginé que, en mi futuro, ninguno de los elementos de aquellas escenas iban a tener lugar en mi vida. Si me mandases una flor en diciembre, como aquél diciembre, creería, por un minuto, estar viviendo una de esas tardes en que nos reíamos solo mirarnos. Las noches sobre el tejado siempre amanecían insólitas y llenas de sueños apoltronados en los sofás de aquél rincón de nuestra buhardilla. Me gusta no tener cerca hoy las impulsivas e irresponsables ocurrencias de ayer, pues tardes sin salir algunas me costaron, tardes sin oír tu risa. Y hoy no tengo la menor idea de quien eres, y eso, en cierto modo, me entristece.