En la mañana las calles se me antojan vagas y sin dirección. La lluvia es un personaje temerario que pasó a la historia y hoy nadie se declara en el puente sin razón. El amor se volvió lógico en la ciudad. En las miradas ahogadas de las gentes transcurren las horas que veloces van a parar a mi reloj, y mis segundos se hacen eternos cuando te veo llegar. Como cada día amaneces con semblante triste y pagado… y tus gentes obsesionadas por el dinero y el trabajo. No proyectes en mi tus prisas y desacuerdos con el tiempo. Desde aquí no se ve el mar… Dormida llegué yo con cara de lunes un sábado en la mañana londinense. Esta no es la ciudad que yo quería. ¿Dónde esta el mar? Y al caer la tarde sobre mi espalda los recuerdos me llueven y me siento afortunada. No hay más motivo para este desconcierto que el de echarte tanto de menos. No hay ojos que no se detengan a contemplar de lejos el despertar de estos días luengos. Y ya no transitan bajo el farol lo bohemios… Se transforman las canciones en la compañía más agradable mientras no estoy de acuerdo con nadie. Puedo degustar el anhelo de nuestros días azules en tu voz entrecortada cuando llamas a altas horas de la madrugada. Cuando interrumpes el fluir de mis sueños. Nunca recuerdo como fue el final. Siempre olvido la razón de mi desconcierto. Mis bolsillos no dan para permitirme el lujo de coger un tren en este paraíso imperial aunque siempre puedo ir a pie. En tu carácter sombrío encuentro un vacío que solo llena el recuerdo de una primavera que pasé en otro lugar, desde donde se ve el mar. Y no te culpo por ello, pero me hastían tus pretextos por llegar a la hora, recogerse temprano y ser discreto. La Navidad ya ha empezado en la capital… y me entristece ver en qué se ha convertido aquí una fiesta familiar…capitalismo salvaje. Y yo que me eché a reír cuando me dijiste que esta ciudad no tenía piedad…
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